Suelo hacer comparaciones, adaptaciones, a veces hasta alegorías de la vida real con el mundo del espectáculo, el que vemos frente a las cámaras. Aunque usualmente veo la vida como una serie de TV, esta vez asimilo la situación a un reality show. En estos programas, semana tras semana hay un participante que debe ser excluido del juego como resultado de alguna deficiencia en su desempeño. Y pues esta semana el eliminado en cierto modo, fui yo.
Mi fuerte es la actuación, y por eso empecé a estudiar en una academia que aunque siempre estuve seguro del cariño que le tenía, hoy me doy cuenta que es más que eso, es el lugar donde he descubierto que los sueños sí pueden ser realidad. Sin embargo, ayer tuve que posponer ese sueño por razones varias, resumidas en trabajo y dinero que a diferencia de los reality shows, en la vida real son necesarios para financiar un sueño.
La reflexión de todo esto es que ciertamente, cuando a un artista le quitan la posibilidad de expresarse, una vez que ya ha descubierto la capacidad de expresarse, el sentimiento es extraño, es una especie de vacío, de tristeza ligada con impotencia, de aburrimiento... Aún no se explicarlo como muchas otras cosas de la vida, no obstante es complejo. Y aunque aquí se trata de posponerlo, no dejo de sentir una profunda falta de fibra de vida, de alma, porque me falta algo que es verdaderamente importante y que es lo que me mueve a seguir adelante.
A todos nos sucede eso alguna vez, cuando recibimos una decepción amorosa, la muerte de un ser querido, el fin de una relación laboral, etc... Sobrevivimos, sí, pero mientras transitamos no sabemos a ciencia cierta que hacer.
Solo el tiempo dirá...
